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04 junio 2006

Cuestiones de destino

Un conocido poeta sufre

Carlos Abrego

Estar afuera, tratando de seguir de cerca el diario acontecer nacional, inexorablemente me obliga a reaccionar más ante el discurso que ante la realidad misma. La situación real para muchas familias ha de ser aún más trágica de lo que fríamente pintan las pocas cifras que aparecen en los diarios. Claro, están mis recientes viajes al país y mi antigua experiencia, lo que vi y viví.

Permítanme hoy intervenir más sobre el discurso que sobre la realidad. Desde hace algún tiempo leo en diferentes medios, de manera recurrente, que los salvadoreños carecemos de una cultura de la discusión, del intercambio sereno de opiniones y que trasladamos también a este ámbito la polarización que sufre el país. Un conocido poeta sufre, en un editorial, la ausencia de armonía que arrasa al país, otros quieren inculcarnos la moderación, nos sugieren que mejoremos nuestra retórica y que nos inspiremos de los debates que tienen lugar en otros países. Nos acusan de trasladar al discurso la violencia que imperó durante el conflicto armado.

Convengamos que los diez muertos diarios son muchísimos más violentos que cualquier discurso por muy acalorado que sea. Estas muertes son irreparables y más numerosas que durante la guerra. ¿Cómo hablar de estas muertes? ¿Quién pone en las manos de los asesinos las armas? ¿Quién importa y vende armas de fuego en el país? ¿Son cientos o miles los muchachos que se han puesto fuera de la sociedad entrando al mundo del crimen? He dicho “se han puesto fuera de la sociedad” y de inmediato me he dado cuenta lo falso de esta formulación. ¿Están realmente fuera de nuestra sociedad? ¿Acaso no son su producto? Porque la miseria material produce —aunque esto no sea obligatorio— su propia miseria moral. Lo digo así, pues no todos los miserables se vuelven ladrones y criminales.


Miles son los que empaquetan su miseria y se van


La miseria material en la que sobreviven o tratan de sobrevivir miles de familias salvadoreñas carece también de armonía. Este debería de ser el primer tema de las almas sensibles y refinadas. Y si le buscamos a este irrecusable hecho su origen, nos daremos cuenta que no es el fruto de alguna maldición. Se trata del resultado de una política, de decisiones tomadas por personas concretas, de personas que actúan guiados por sus intereses, por el afán de acaudalar mayor riqueza. El gobierno y las clases dominantes son responsables de este estado de cosas. La miseria mata niños, mujeres, hombres, ancianos. La miseria es la causa principal del éxodo masivo de salvadoreños. Miles de salvadoreños frente a esta realidad, en la que saben que no obtendrán la más mínima esperanza de engendrar un sueño, empaquetan su miseria y se van a rodar mundo y a jugarse la vida. Esto merece mayor reflexión y no bromitas como la que mi hizo el refinado poeta al responderme aquí en París, de que antes los salvadoreños se iban a Honduras y que ahora han mejorado su destino.

¿Cuántas niñas nuestras son ultrajadas, humilladas, prostituidas en los prostíbulos de Comalapa? ¿Los responsables de esto quiénes son? ¿Quién en el país toma las decisiones para causar la desesperanza en que vive un pueblo, para que a sabiendas de todos los riesgos salga huyendo hacia el Norte? Salen nos dicen con chocarrera insistencia en busca del sueño americano. Se trata de un eufemismo para no decir que se escapan de una pesadilla.

Hay gente que produce noticias, que hace comentarios, que escribe editoriales para justificar este estado de cosas. Hay gente en el país que quiere convencernos de que el partido oficialista y los partidos de oposición tienen igual responsabilidad en lo que pasa en el país. Es por eso que han impuesto términos periodísticos como “polarización”, “empantanamiento del presupuesto”, “extremismo”, “irrealismo”, etc. Pero esos términos están ahí para ocultar responsabilidades y complicidades. Y no hay que poner el grito en el cielo si viene alguien y exige un mínimo de seriedad en los comentarios de los peritos.


Nos piden que nos pongamos guantes


Las cosas se agravan en el país, la violencia crece, no hay trabajo para todos, los salarios son bajos, los precios aumentan, los servicios insuficientes y a veces como el agua o la salud inexistentes en amplias zonas de nuestro pequeño país. La deuda pública es el único recurso que tiene el gobierno para hacer frente con los gastos corrientes.

Detrás de todas estas palabras que he ido alineando está la realidad de las mujeres que tienen que ingeniárselas para servir la cena y engañar al hambre. Hay que comprar ropa, zapatos, pagar el alquiler, la luz, el gas o la leña, el agua. Hay que hacerle frente a la vida. Y nos piden que enguantemos nuestras palabras cuando hablamos de esto.

Entonces permítanme que vuelva a la carga. ¿Se puede andar con componendas en la asamblea? ¿Debemos conformarnos con una política que agrava la realidad? Para poder devolverle a la gente la esperanza es necesario romper con el sistema que nos ha hundido en este pozo sin estrellas. Hay que devolverle a la nación lo que le han robado.

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